lunes, 24 de marzo de 2014

LOS OJOS DE LA GIOCONDA


Ese día le tocó levantarse el pelo, en una hebilla grande que se veía más grande en su fino cabello, desteñido. Se puso a bailar, sinuosamente, sin salirse del marco del espejo. Descubrió su escote pronunciado y suspiró. Esta vez sería distinto.
Roberto en su entrepierna, jugando al peligroso oficio de hacer una crónica de un fortuito placer anunciado. Ya venía el gemido. Más placer. Otra vez el cielo nublado, desde la almohada, el mirador, mientras él se seguía moviendo insistente, gracioso, ridículo. Esta habitación está llena de humedad.
Daban la novela de las cuatro, y la Barbie se volvía a enamorar del rubio de ojos de plástico, que traía un ramo de flores en la mano derecha. ¿Cuántas veces uno puede enamorarse?  Mi sexo no era mío, ya no, cada tarde, debajo de mi guardapolvo.  Sí, hoy pienso… guardapolvo se llamaba…
La colonia de saldo en el cuello de Carlos, se convertía en el cumplido más desagradable llegada las siete. Las manos en la cintura fuera de línea. Ella y su enorme trasero meneándose a los pies de la cama. El decía que lo hacía feliz, o lo fingía muy bien. Sabía desviar los ojos en los momentos justos y mirar fijo hacia donde le gustaba. El cuadro ajado de una mujer abrazando sus carnosas piernas blancas seguía inmóvil sobre el respaldar de hierro opaco, remarcando una estática deliciosa y adversa.
Pero ella sabía que en su pelo ese adorno de carey se veía grande pero de una exacta proporción con sus pechos y caderas. Y ella sentía que resucitaba en el espejo, en múltiples imágenes. Tercera persona, segunda, última, quién sabe. Nadie lo sabe. El patio, el perro Felipe, las escondidas, las rodillas lastimadas, patines, las muñecas con vestidos lujosos, los primeros poemas, guardado todo junto en un cajón. No hay lugar ya para el olvido ¿Sería condenada al infierno por crecer y decidir? ¿Adónde está Dios? ¿Por qué mamá y papá van a misa? ¿Eso es amor? La alfombra de la pieza cubierta con osos y figuritas, a veces es como si estuviera ahí de nuevo, pero salía corriendo, quería escapar. ¿Miedo a crecer?
 -           Posiblemente, haya que destrabar algo ahí, Carla. Un dolorcito inconsciente que no deja avanzar. ¿Tenés pensado que puede ser? A ver, veamos… Contame de…
El carisma de Bruno. Su dulzura. La camisa a rayas y billetera abultada. Hola Bruno, que bueno verte de nuevo, bebé. ¿Querés un completito? Mirá que hoy estoy con muchas ganas... Como pequeños pétalos las uñas rojas se asomaban por entre sus cabellos ensortijados. La FM se intervenía de a ratos con otras radios y voces desconocidas. Él tenía esa forma de tocar fantásticamente suave, y le gustaba llamarla como su mujer. ¿Eso era amor? Su mano algo húmeda, por la espalda fofa, y sus dedos ejerciendo presión sobre los glúteos. Luego, desataba el cinto del guardapolvo. Se leía afuera NO MOLESTAR. Los libros seguían ahí, sobre la alfombra, papá seguía ahí, en la cama. Mirándolo en el medio de un temblor inextricable una niña, morocha con una enorme hebilla, se veía más enorme en el recuerdo lleno de colores y peluches. Bruno olía los cabellos, con olor a otros hombres, y se movía debajo, con alevosía, palpando de una mujer la indecisión entre continuar o salir corriendo del paradójico papel que le impuso la vida. Alguien llora detrás de las paredes. El cuadro se mantiene quieto y la mujer mira. Tiene los ojos de La Gioconda. Creo que son idénticos a los de ella. Basta Papá, por favor.

- Ahí está el punto de angustia que buscamos, la figura paterna ¿Me podés contar un poco más de cuando eras chica? ¿Cómo era la relación con tus padres?


Bruno, movete dale, no te vayas, bebé, dale, me gusta, ahí. ¡Sos bueno! Más. Soy toda tuya, pero rápido, tocame, y andate. Robame todo. ¡Ay qué lindo, papi! Estoy creciendo, ¿me ves? Mirame. ¿Y mi inocencia? Las muñecas me gustan. Las muñecas atadas. Ahora me quedo con el rubio de plástico, es el más generoso, no me importan las flores. Me gusta esta pieza, pero hay que pintarla y sacarle la humedad. Estuviste increíble, lindo. Hoy dejá, no me des nada. Sólo uno de esos cigarrillos que vos fumás.

A.L. (2008)

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